Hace mucho mucho tiempo, cuando las flores eran de colores, las nubes tapaban al Sol durante las tormentas, y las mariposas volaban contra el viento. En una pequeña aldea gallega, perdida en el bosque vivía una risueña niña llamada Tita. Junto a sus padres y sus hermanas despertaba cada día, envuelta en sueños, deseos y ambiciones.

Todas las mañanas parecían estar escritas en un diario, muy temprano siempre, con los primeros rayos de Sol que entraban por la ventana, Tita y sus hermanas abrían los ojos, permaneciendo inmóviles en sus camas, hasta escuchar el trasiego de sus padres que se levantaban a desayunar. Un olor a tostadas y a leche caliente invadía toda la casa. Era el momento en el que Tita se bajaba de la cama, descalza se acercaba sigilosa a su armario, donde tomaba su ropa para vestirse, con seis añitos, y parecía haber pasado toda una vida haciéndolo, pues en un momento ya estaba lista para bajar la escalera. Sus hermanas hacían lo mismo, unas veces antes, y otras después.
Una vez abajo, casi siempre la primera de todas, gritaba “mamá la leche”, esta llenaba un cazo de leche fresca, poniéndolo en el fogón hasta hervirlo. Era leche de las vacas de la aldea, y no se podía tomar sin antes ser bien hervida. De un trago casi Tita se la bebía toda, dejaba el vaso sobre la mesa, repentinamente, acompañando el gesto con un suspiro. “Ya está, me voy al cole” decía con voz de alegría. – Hija, espera a tus hermanas, que están terminando el desayuno, no te puedes ir tú solita, eres muy pequeña. – ¡Jo! Yo no soy pequeña, tengo 6 años, y voy a cumplir 7. – ¡No te vas, y no! – Pero Tita era tan cabezota, que no quiso hacer caso.
En ese momento su padre, con una tostada en la mano le explicó a Tita que no se podía ir ella sola, porque era peligroso que una chica como ella anduviera a solas por la calle. – Vale papa, voy a esperar, te quiero mucho. – ¡Hay qué niña esta!
Horas más tarde, la clase llena, niñas de muchos lugares, se juntaban en aquella escuela, todas mirando hacia delante, algunas con cara de sueño, otras de interés, pero ninguna como la de Tita. Parecía aburrida, no porque lo entendiera todo, sino porque su mente volaba y volaba muy por encima de las montañas, se adentraba en sus sueños, y cada segundo que pasaba, su mente se inventaba una una historia donde los perros maullaban y escalaban paredes, los pájaros montaban en bicicleta y las hormigas llevaban gorritos.
Al salir de la escuela, volvía a casa para hacer sus deberes, los ponía en la mesa del comedor, y esta quedaba repleta de papeles, lapices y colores. Aunque no había prestado mucha atención en clase, ella los hacía sin ningún problema. Cuando terminaba, salía a jugar con otras niñas y sus hermanas, de edades parecidas, demostraba su genio en cada juego, no sabía perder, se enfadaba, lloraba, se tiraba al suelo, y al final volvía sonreír.
Una mañana de primavera, mucho antes que el Sol bañara con sus rayos la cal de las paredes, que surgiera el trasiego del desayuno, Tita se despertó, y se vistió. Bajó la escalera de puntillas, abrió la puerta y desapareció en la oscuridad antes del alba.


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